6/2/12

La vida entre cactus

Cuidando cactus y fabricando abono ecológico desde hace casi treinta años.

Fernando Jiménez y Bernadette Chapu se ocupan en Can Pep Puvil desde hace casi treinta años del mayor vivero de cactus de la isla.
Fernando y Bernadette en su vivero de Ibiza. A estas amables personas les he comprado desde hace años su abono de lombriz, particularmente beneficioso para mis plantas. Hoy con su aparición en el Diario de Ibiza quiero hacerme eco de su historia.

El reino de las llamadas plantas suculentas tiene abierto un consulado muy especial desde hace ya casi treinta años en Sant Josep, en la finca Can Pep Puvil, donde casa y vivero conforman una unidad amena y ecológica que cuidan, de una manera que muy bien podría describirse como artística, sus propietarios Fernando Jiménez y Bernadette Chapu, un matrimonio que en el año 1976 dejó atrás su vida en París para iniciar la por entonces siempre incierta pero atractiva aventura ibicenca. 

Entre las múltiples especies de plantas suculentas, los cactus, planta originaria de América que llegó a Europa por primera vez de la mano de Colón, se erigen en el vivero como esculturas de la naturaleza, con sus formas siempre extrañas. Como las personas, los cactus han viajado mucho y se han aclimatado. El nopal o chumbera fue de los primeros en llegar de América, y en el Mediterráneo encontró pronto un nuevo habitat donde crecer y prodigarse. Otras plantas suculentas hicieron los mismo y tomaron idéntico camino, como el agave americano, la popular pitrera, tan arraigada también en el paisaje ibicenco. 

En el vivero de Can Pep Puvil florecen –y el verbo está bien empleado, pues todos los cactus tienen flor– plantas cactáceas de muy diferentes variedades, columnares y globulares, así como otros tipos de suculentas, como las pitas, los aloes o las euforbias –estas dos últimas de origen africano. 

Plantas y abonos naturales
El vivero se especializó en cactus un poco por necesidad. El agua era medio salada y solamente estas plantas la soportaban bien. Pero muy pronto surgieron, con la curiosidad, el conocimiento y la admiración, por lo que el vivero fue creciendo y tomando formas diferentes, y Fernando y Bernadette, a través de su viajes, tuvieron ocasión de conocer otras variedades y traer semillas nuevas. Actualmente, Cactus Lombribiza cuenta con unas dos mil variedades de plantas suculentas de producción propia, entre cactáceas y no cactáceas, de muy diferentes tamaños y, por supuesto, precios. Cuenta también con algunos 'ejemplares' procedentes de colecciones privadas, de hasta 70 u 80 años, que alcanzan entre 4 y 5 metros de altura, y pueden llegar a costar hasta cinco mil euros. Y entre las variedades más raras del vivero destaca la llamada euphorbia piscatoria, de Madeira, cuyo jugo utilizaban los pescadores de aquella isla para adormecer a los peces antes de pescarlos... La función de los invernaderos de Can Pep Puvil consiste sobre todo en proteger a las plantas del granizo, ya que no del agua, ni mucho menos del sol. 

Para Fernando, las plantas suculentas en general tienen muchas virtudes, pero sobre todo se trata «de plantas que necesitan poca agua, apenas hay que podar, no suelen tener enfermedades y, además, no son invasivas», lo que las convierte en ideales para jardines ibicencos. Pero antes de empezar con los cactus, Can Pep Puvil fue pionero del abono natural, tarea que continúa realizándose. «Me di cuenta –explica Fernando– que el futuro pasaba por lo ecológico y empecé a trabajar en ello, con abonos naturales transformados en humus, y ahora con residuos vegetales triturados». El compost es, en definitiva, una parte importante de este negocio de plantas y abonos en el que los productos químicos no han hecho falta para nada.

De París a Ibiza
Abonos y plantas irrumpieron en la vida de Fernando y Bernadette un poco de la nada e inesperadamente. En Francia, él era fotógrafo de profesión. Había estudiado fotografía y cine en la Sorbona. Trabajó, primero, realizando reportajes de promoción turística en el sur del país; después, como reportero de prensa, cubriendo guerras y catástrofes por el mundo. Antes de llegar a Francia –nació en Cáceres y estudió el bachillerato en Madrid–, cuando aún no había cumplido los veinte años, decidió hacer la ruta de Katmandú, la cual le llevó hasta Ibiza por primera vez. No fue una experiencia muy estimulante. Corría el año 1968. «Yo era entonces beatnik, porque la lectura de Kerouack –recuerda Fernando con una sonrisa indisimulada– me había fascinado. Debía de ser el único beatnik español por aquella época, pues no llegué a conocer a ningún otro. Llevaba el pelo muy largo. Un día, recién llegado a Ibiza, decidí ir a Sant Antoni. Dos policías me detuvieron en el pueblo y me llevaron al barbero a la fuerza. El barbero me cortó el pelo. Y los policías me dieron 24 horas para salir de la isla. Me fui diciéndome a mí mismo que no volvería nunca más».

Pero la vida, como suele decirse, da muchas vueltas. En 1975, un hermano suyo viajó a Ibiza y compró una casa en el campo. Y le escribió invitándole a pasar una temporada en la isla. Aceptó la invitación, pero ahora no viajó solo: lo hizo ya con Bernadette, a quien había conocido en París tres años antes. La experiencia fue ahora muy diferente. Solamente un año después la pareja volvió a la isla para quedarse. «Es que cuando volvimos a París –recuerda Bernadette–, después de haber pasado un mes en Ibiza, no sabíamos qué estábamos haciendo allí... De manera que decidimos irnos a vivir a la isla, dejando nuestros trabajos y la vida de ciudad».

Inspiraciones artísticas

Bernadette pertenece a una familia de anticuarios de París, pero a ella le interesaba por entonces más el arte contemporáneo que las antigüedades. Se licenció en Arte, dirigió durante un tiempo el Museo de Arte Moderno de Ceret y abrió después una galería en París. Pero aquella Ibiza de los setenta le cambió la vida. «Alquilamos una casa en el campo –recuerda Bernadette–, en Sant Agustí, por supuesto sin agua ni luz... Éramos autosuficientes. Teníamos un huerto y animales. Lo único que comprábamos era el vino. Y así estuvimos hasta que decidimos tener un hijo. Solo que en vez de uno, llegaron dos, mellizos, y tuvimos que cambiar un poco de vida». 

Fue entonces cuando llegaron a Can Pep Puvil, que en realidad era una ruina de casa payesa junto a un camino polvoriento, aunque había agua y luz. Fernando continuó un tiempo como fotógrafo para revistas francesas, «aunque al final ya solo querían fotos de famosos y dejó pronto de interesarme». (Actualmente realiza fotografía artística y ha expuesto hace pocos meses en la galería Via-2, de Vila). Llegó entonces, después de su breve experiencia como paparazzi, a principios de los ochenta, la aventura de los cactus y del abono, sobre lo que por entonces nada sabía apenas. 

Y todo salió bien. «Siempre hemos sido personas abiertas, dialogantes, con ganas de aprender, viajeras.», así explican las razones del éxito Fernando y Bernadette, a quienes la sensibilidad artística continúa sin duda inspirándoles todos los días en este oficio de vivir entre los cactus.

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